Cuando era jovencita, en las edades de la pubertad, en los días de verano, era muy usual verme bajar a la playa y salir con mis gafas de buceo, las aletas y el tubo, para explorar sin ningún tipo de miedo las superficies de nuestro mar. Solía costear por las rocas, de cala en cala, observando con pasión y mucha ilusión la vida marina, intentando no perder detalle de nada e intentando retener en mi retina las diferentes especies de peces, los pulpos, calamares, babosas y algas marinas. Una vez en casa, intentaba buscarlos en libros hasta encontrar sus nombres tanto en castellano como en latín. Y si no los encontraba, me mordía la lengua de la timidez y preguntaba a algún pescador. Hoy en día, es mucho más fácil encontrar información, gracias a Internet, pero más de 15 años atrás, la tecnología de de la red o Internet todavía no estaba al alcance de todo el mundo. Actualmente miramos con rareza a aquella persona que en su casa o en su móvil no tenga conexión de Internet como su fuese una especie extraña salida de un algún libro prehistórico.

Me asustó tanto que, no fui capaz de volver a hacer snorkel en mucho tiempo. La imagen de aquel tiburón sanguinario de la película había hecho un efecto realmente negativo en mi. Me costó superarlo y desde entonces me costó hacer snorkel con la confianza de antaño. La tranquilidad y la paz que me albergaba o experimentaba observando el mundo subacuatico despareció durante una buena temporada. Lo que hace las películas!!!
A los tiburones blancos se les han dado tanto mala fama, que hoy en día están en peligro de extinción.
Es paradójico, que el apodado "gran comedor de hombres" esté precisamente en peligro gracias a la acción del hombre que esquilma las aguas, con la sobrepesca y contaminandola. Los tiburones son perseguidos por sus aletas, tan inmensamente apreciados en el mercado nipón y también para obtener sus dientes o mandíbulas. Se llegan a pagar barbaridades por un solo diente de tiburón blanco, no digamos una mandíbula entera.
El tiburón blanco suele estar en los mares de las costas de Sudafrica, en el sur de Australia, Nueva Zelanda pero, también, en nuestro mar Mediterráneo, en especial en las costas de Túnez, Sicilia y en el Adriático.

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